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05/06/2012
Las Islas Canarias, gracias a su accidentada orografía volcánica, a su situación subtropical y a su exposición constante a los húmedos vientos alisios, son un enclave privilegiado para el cultivo de la vid. Los viñedos ocupan numerosas laderas desde el nivel del mar hasta bien por encima de los mil metros de altitud, tanto en plantaciones de tipo más o menos tradicional como en formas muy singulares, específicas de estas tierras tan especiales. En el archipiélago existen hasta nueve denominaciones de origen diferentes, si bien cinco de ellas se encuentran en la isla mayor, Tenerife. La Ruta del Vino de Tenerife discurre por dos de ellas: la D.O. Tacoronte-Acentejo y la D.O. Valle de la Orotava.
Buena parte del territorio isleño ha estado ligado desde antiguo a la agricultura y, muy especialmente, a la viticultura. De hecho, esta es la región que alberga más variedades autóctonas de las antiguas vides europeas, pues nunca llegó a sufrir el ataque de la filoxera y conserva prácticamente intacto el patrimonio genético de sus vides. De ahí procede, en gran medida, el carácter único de su vinos.
La Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo, ubicada en la vertiente norte de la isla de Tenerife, fue la primera D.O. reconocida en la Comunidad Canaria, y también ha sido pionera en las introducción de vinos de maceración carbónica y en la elaboración de crianzas y reservas. La mayoría de sus elaboraciones son tintas, a base de variedades locales como la Listán Negro y la Negramoll, que dan lugar a vinos frescos y afrutados cuando son jóvenes, y a otros más amplios y potentes cuando han sido envejecidos en roble. Los vinos blancos, elaborados principalmente a partir de las variedades Listán Blanco, Malvasía, Gual, Moscatel y Verdello, son vivaces y de intensos aromas, bien equilibrados.