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30/06/2010
La Palma es la isla más occidental del archipiélago canario. Una zona vinícola pequeña pero de larga tradición y de topografía accidentada con suelos volcánicos que los hacen especialmente dedicados para el cultivo de la viña. Una Denominación que, tras sufrir unos años de decadencia, ha ido remontando el vuelo desde que le fuera reconocido el marchamo en 1994. En gran medida gracias a dos tesoros que guarda con celo: el vino Malvasía Dulce y el de Tea, criado en pino canario.
La historia de esta zona vinícola se remonta a 1505, año en el que se plantaron las primeras cepas en esta isla, traídas por los conquistadores. La variada procedencia de éstos a lo largo de los años ha dado lugar a una riqueza varietal inigualable. En el siglo XVI la calidad del vino se impuso de tal manera en los palacios de las principales cortes europeas que nunca faltaba el Malvasía “que alegra los sentidos y perfuma la sangre”, según palabras del propio Shakespeare. Autores como Robert L. Stevenson, Walter Scott y Lord Byron también enaltecieron las cualidades de los vinos de esta zona. No obstante, durante el siglo XIX el declive de los vinos canarios es grave, en parte por el ataque de las plagas de oidio y mildium.
En el siglo XX, con el comienzo del cultivo de la platanera en las zonas costeras de la isla, a mediados de los años cincuenta, se abandona mucha viña, pero en los años 90, con la creación de la Denominación de Origen La Palma, en 1994, el sector vitivinícola insular sufre una importante transformación, se recuperan viñas abandonadas, se plantan nuevas y el vino comienza a conocerse dentro y fuera de la isla, llegando en 2010 a ser reconocido con varias medallas de oro en prestigiosos concursos internacionales como Vinalies de París, el Wine Master Challenge de Portugal o las Sélections Mondiales Des Vins de Canadá.